dimarts, 8 de gener del 2013

Diario de Ruta – La médula del mundo



Diario de Ruta – La médula del mundo

Música MUY recomendada para la lectura: Jeremiah Johnson Soundtrack: https://www.youtube.com/watch?v=tmeWO0dLSiI&feature=related

Desde el hogar familiar, Lleida a 27 de Octubre de 2012

Tras tan duro trayecto desde Vancouver a McBride, llegué maldormido y agotado. Linda Carla vivía en el rincón suroeste de la propiedad de sus padres, los Trask, que llevaban en McBride criando ganado y cosechando heno desde los 60’, si mal no recuerdo. Disponía de un pequeño huerto, un jardín amplio y su casa era una de las especiales en McBride más por quien y como la habían habitado que por su antigüedad en sí. Por lo visto allí se habían celebrado grandes fiestas en tiempos lejanos y era conocida por ello en el pueblo. Aunque tal vez un repaso general no le vendría mal ya que el suelo cedía en algunos lugares y los mosquitos habían encontrado el modo de acceder a su interior con total impunidad. 



Sonriente, Carla señaló orgullosa el tipi que había construido junto al río  Fraser donde solía pasar las noches de verano, los prados de cultivo de su familia y los guardianes del valle: al este la famosa cordillera y columna vertebral de América, las Rocosas. Al oeste la remota y poco poblada cordillera de Cariboo. Ambas formaciones acompañan al río Fraser en su rumbo norte desde Tete Jaune Cache hasta Prince George, y es precisamente en el tramo de McBride donde forman un cañón en forma de U que curiosamente nunca fue habitado por las primeras naciones. Y eso siempre ha sido motivo de controversia. Tal vez por los mosquitos, por desprendimientos en época de lluvias, por la competencia por la comida de lobos y Grizzlies, por la dificultad para cazar o pescar.. es un misterio. 

Observaba de reojo a Carla, intrigado por quién era esa chica de aire bravo, bohemio y montaraz, mientras me presentó a Antoine (otro workawayer suizo, músico y artesano de guitarras que partía al día siguiente), Joey (la vecina de más abajo) y West, con quien compartiría aventuras más adelante.

Como decían de las Rocosas en la película Las aventuras de Jeremiah Johnson, estaba en la médula del mundo..Y así lo sentía. http://www.youtube.com/watch?v=VSEcpsxXLqg

El segundo día Carla invitó a cenar a su familia. Debían ser las 6 de la tarde y me hallaba fregando los platos –tarea en la que me especialicé estando allí más por necesidad que por encomienda-, ante mi estaba la ventana que daba al jardín y la pista de acceso a la propiedad. De repente aquello se convirtió en un desfile: primero un camión de los años 50 , luego un carro tirado por un burro, otro vino a caballo y otros en una pick up.. -¡WOW!- me dije, con ganas de conocer a tan interesante familia. Me presentó a Linda y Doug, sus padres, a su abuela, a su hermano Jess, su mujer Elizabeth y sus sobrinos, y a Mike, un joven estudiante de ingeniería forestal californiano que trabajaba como workawayer para Doug durante el verano. Fue una gran bienvenida. Este tipo de detalles se agradecen mucho cuando estás viajando o simplemente lejos de casa ya que la ternura, las cosas de familia y el placer de descubrir la esencia del lugar hacen de la experiencia algo mucho más auténtico y de tu interior algo más cálido.




Honestamente estuve un poco perdido por falta de estructura del trabajo durante los primeros días. Prácticamente cada noche Carla se iba a dormir al tipi con su perrillo y llegaba a media mañana lo que sumándole que solía trabajar sólo y que ella de 4 de la tarde a 11 de la noche trabajaba en un bar.. contribuyó a la sensación de sinsentido, de desarraigo. Algo que no me había pasado antes en ningún otro lugar… de Canadá.

Solía plantearme cómo ser más útil para quien me brindaba comida y alojamiento y de ahí que decidiera además de trabajar en los proyectos principales, dedicarle un poco de atención a la limpieza de la cocina –sobretodo- y a fregar los platos ya que se acumulaban como por arte de magia. Eran días de transición tanto para Carla como para mi, estoy seguro.

El ser humano es increíble, y tenemos una capacidad de adaptación brutal a las desavenencias del entorno, eso claro está,  si escuchamos las señales de nuestro interior. No hace falta hablar de lo menos cotidiano, como la visita de aquel señor amable y salado, vecino de McBride, de unos 45 años que nos visitó aquella tarde. Al llegar pidió un poco de agua y en seguida empezamos a charlar, preguntando acerca de las motivaciones de mi viaje  y mostrando orgulloso el voluntario trabajo desempeñado sobre el tejado de Carla hacía un tiempo atrás. Aquel  señor, suele recorrer los senderos de montaña que rodean la zona, es conocido y querido por el pueblo , admirado por lo que es capaz de hacer, y de ser, aún llevando veintitantos años ciego.

Poco a poco el trabajo se convirtió de nuevo en un reto por el que merecía la pena también pasarlo bien. Dediqué mucho sudor y picaduras de mosquito a limpiar y adaptar un terreno para construir una plataforma a modo de terraza/patio de unos 100 metros cuadrados. De hecho la acabé el día anterior a mi partida. Los pasos fueron: limpiar el terreno, construir una escalera de madera, podar los árboles empleando la escalera y un sistema de amarre con cuerdas, cubrir los badenes con gravilla, emplear vigas de ferrocarril para nivelarlo, cubrirlo con traveseras para reforzar la estructura, cubrirlo con tablones tratados contra la corrosión y finalmente cortar con la sierra circular los retales y la forma deseada. Los fallos que cometí fueron claras lecciones de carpintería pero el resultado aun así fue muy satisfactorio para los dos. Y fue una oportunidad única de crear algo de madera de considerables dimensiones. Disfruté como un enano. Además tuve muy presentes los consejos de Doug y por supuesto también los detalles en los que reparé cuando Martin  me enseñó algo de la construcción empleando madera, allá en Salt Spring Island.




Quitar las malas hierbas del huerto de frambuesas, podar otros árboles hasta unos 7 metros de altura, limpiar y reparar el tejado del taller fueron otros cometidos de las 3 semanas que pasé allí. Además un día Doug me pidió que le ayudara con la carga de un tráiler de pacas de heno ayudando a la cuadrilla.


Uno no es consciente de lo que es capaz hasta que no lo lleva a cabo. Manda huevos que esto sea así, más aún cuando una vez superado miras atrás y ves lo que has hecho. Entonces, realmente entonces, sonríes al recordar las inquietudes, sudores, pereza y temor a hacerlo mal cuando aún siquiera habías clavado un clavo. Y lo peor de esto es cuando además lo aplicas y contagias a los que te rodean, cuando a lo mejor se trata de un niño, un amigo, un familiar o un compañero de trabajo. Y sé que no tiene por qué haber maldad en ello, hasta puede que se produzca bajo el paraguas del amor.. sin embargo no respeta una verdad elemental. Somos capaces de mucho más, tod@s y cada un@ de nosotr@s!!!
Desde que finalicé mi formación de Coach co-activo en Vancouver es algo que me ha dado en la cara unas cuantas veces, como un balonazo que no esperabas en el patio del colegio. Es increíblemente bonito sentirlo, incluso admirar destrezas ocultas tanto en los demás como en un@ mism@. Damos por hecho muchas cosas por miedo –inculcado o no- pero creer en quien tienes delante, aunque ni él mismo lo haga…eso es hermoso.

Carla compartió conmigo la parte visible de su vida: aventurera, bohemia, familiar a la par que solitaria, artista, independiente tanto como sociable… y no sólo conmigo. Forma parte de la red de coachsurfing, ofreciendo gratuitamente alojamiento a quien lo solicite. De ese modo conocí a David, un músico y profesor que acababa de emprender un viaje hasta la costa este, atravesando todo Canadá en bicicleta.  Lo que decía hace dos párrafos, David es testigo de lo que somos capaces, en su propia piel.
Los mosquitos me ponían fino sobre todo al trabajar, al no querer emplear repelente. Lo que sí hacía era darles las menos opciones posibles, tan sólo dejando al descubierto la cara, las orejas y la colleja. Ahora bien, no imaginaba la que se venía encima...

West no sólo era amigo de Carla sino que también compartían una licencia como buscadores de oro. Aproximadamente cuesta 150$ al año y te permite extraer oro sin el empleo de maquinaria pesada, la posibilidad de establecer una casa que puedas mover al menos medio metro por año y la puerta a un sentido de la aventura total. De ese modo se me planteó el fin de semana, adentrarnos con los quads unos 30 km al interior de la cordillera Cariboo, salvando los socavones que las lluvias torrenciales habían provocado, abrir una antigua pista forestal de unos 3 kms de largo empleando moto sierra y machetes, cargar todo el material y subirlo hasta la base del glaciar para montar allí un campamento fijo en el que cobijarse en las siguientes ocasiones. Sin contar con la romántica visión de ir a buscar oro, bandejita en mano.





Los dos perrillos nos acompañaban, cargábamos en uno de los quads con un remolque repleto de materiales y el resto estaba acoplado en sus partes frontal y trasera. Adentrarnos en aquel valle infundía respeto, más aún cuando West llevaba consigo un rifle por si los osos. No obstante tenía un atractivo natural e irresistible ya que la primavera estaba en su apogeo. Tanto que los chopos soltaban la pelusilla blanca que parece algodón –a la que soy bastante alérgico, por cierto- como si estuviese nevando. Durante una media hora no me enteré de nada pues Carla me llevaba de paquete en su quad y la alergia me cerraba los ojos a la par que me dejaba ko. Cada vez que nos topamos con un socavón  pensaba que ese realmente no era superable.. pero poniendo un par de tablones de obra lográbamos pasar el remolque a mano y los quads. Finalmente llegamos a donde había que abrir una antigua (de hacía unos 30/40 años, creo recordar) pista forestal.  Es decir estaba totalmente cubierta por maleza y grandes troncos caídos.
Turnándonos en las tareas logramos abrir unos 2 km de pista en unas 3 horas, cuando el agua que llevaba se agotó. West le estaba dando duro con la moto sierra con lo que fui a buscar agua “un poco más arriba” –según me dijo-, uno de sus perros me acompañó y aunque era un cachorrillo su compañía bien lo valía, estaba en territorio de osos. Tras cada arbusto, cada curva de nivel.. esperaba toparme con un plantígrado, más aún cuando había rastros evidentes esparcidos por doquier. Bajaba de nuevo agua en mano a su encuentro, y el perrillo se echó  a correr. Tenía las mismas ganas en ver de cerca a un grizzly que miedo de ser malentendido. Así que tuve que decidir.. y me puse a cantar Joan Manuel Serrat y Bob Marley a grito pelao, ya que son de quien me sé más canciones de memoria. Los osos son bastante miedosos y ante ruidos fuertes  suelen darse media vuelta y evitar el encontronazo.





Justo antes de llegar a los quads Carla y West habían decidido parar y empezar a cargar cosas en la mochila para llevarlas al campamento antes de que se hiciese de noche. Con lo que hube de caminar sólo de nuevo, cantando y ya entonces, alegre, cargando con cuanto pude colocar dentro y sobre la mochila, así como con mis brazos. En cuanto les alcancé me gané el apodo de Pablo, “the pack horse” –“El caballo de carga”-.
Proseguimos la expedición ya por un tramo difícil de caminar con tantos bultos, donde West empuñaba el rifle pues el ruido del río que remontábamos no permitía advertir nuestra presencia. Carla no dudó ni un segundo en cruzar el río con botas y pantalones puestos, esta chica irradia energía! Sin embargo por mi parte tenía poco que demostrar y ninguna ropa de recambio… había aprendido hacía mucho tiempo en los escoltes que cuanto más seco puedas estar… mejor, que nunca se sabe lo que la montaña te deparará después. Las cuatro veces que crucé el río –ya que había que hacer más viajes de carga de material-, lo hice en calzoncillos y descalzo amigos. Aquellas aguas provenían del glaciar bajo el que acamparíamos 500 metros adelante… y justo me llegaba  a una altura de transición entre lo que deja de ser pierna y tampoco es barriga… buah!


Al final escogimos un lugar resguardado del viento para montar la carpa, ordenar el material y encender un fuego. Estaba plagado de mosquitos  de diversos tipos que sobretodo estaban haciendo mella en los perrillos. Los troncos que cortó West para sostener la carpa estaban demasiado verdes y flexibles como para mantenerse fijos cuando la noche cayó, montamos la tienda de campaña y se fueron a dormir mientras abrí los ojos ante tan vasto, puro y salvaje lugar.
Decidí regalarme un momento de intimidad con el valle que tantas emociones me había provocado durante el día, encendí un cigarrillo, avivé el fuego y sonreí. Di gracias a Dios por lo que había traído el día, lo bien que me sentía y lo que aún me queda por aprender. Como decía Felip Gallifa.. Quin bé de Dèu!! Caí redondo.
A la mañana reavivé el fuego mientras prepararon pan indio, unas tortitas de harina, agua y sal que freímos en la sartén. Café caliente y el sol que bendecía el día. En seguida corrieron como niños con los cuencos típicos de salteo de la arena donde buscar oro, cerca del glaciar. Bajé de nuevo al río a asearme y no di crédito a lo que vi: un montón de brillantes y dorados destellos llamaban mi atención y removían mi estómago! Más detenidamente vi que estaban incrustados en la roca como minerales cuadrados de diferentes tamaños, que se desquebrajaban al golpearlos con otra piedra. Había descubierto el Fool’s Gold –el oro de los tontos-, la pirita.

No hallamos nada de valor, más allá de la experiencia y sensaciones que nos brindó el fin de semana. Otros aún hoy en día pierden la vida por ello. Por perder la vida no necesariamente quiero decir que hallen la muerte, y por ello no me refiero exclusivamente al oro, sino a la multitud de objetos de los que nos resulta difícil desprenderse o por los que empeñamos medio riñón para poseerlos. Hacen que uno pierda parte de su vida.









Este concepto se explica bien en la película: “Los dioses se han vuelto locos” –sobre una tribu namibia- como lo hacen algunas tribus de aborígenes australianos. Comprenden que lo que importa es la sensación de haber disfrutado de algo, no el poseerlo.
La fiebre del oro. Iba pensando sobre ello camino a casa… Lo he sentido en mi piel tratando de acaparar más de lo que necesitaba, da igual que fuesen setas, peces o artículos de pesca. Pedí perdón por las veces en que lo había hecho y me vino otra idea sobre la que pensar. El divino castigo se vive en vida tarde o temprano. Bien por un empacho si es que estamos hablando de comida, bien por la mala sensación que te queda al ser consciente de ello, bien por lo que te queda a fin de mes una vez pagada la hipoteca.. La angustia acaba siendo la moneda de cambio del abuso.

Meses más tarde al norte de BC –British Columbia-, en el Memorial Lava bed National Park, un miembro de la tribu Nisga’a me explicó el sentido que había tenido para su gente la erupción del volcán y las cerca de 2000 vidas que se llevó consigo. Es aún común para los pueblos de las primeras naciones hallar un sentido, un aprendizaje en los signos que la naturaleza muestra ante nosotros. Entonces fue el abuso que algunos miembros de la tribu ejercieron sobre la remontada del salmón, pocos años antes que la erupción tuviese lugar. Modificaron un estrecho tramo del río para atrapar mayor cantidad de salmones y así alimentarse mejor. Por ello la lengua de lava que aún hoy cubre una extensión de unos 10 x 2 km se llevó consigo a muchos Nisga’a… para mostrarles que lo que habían hecho al salmón se lo habían hecho a ellos mismos. La sostenibilidad viene de lejos, igual que la tentación de no velar por ella por parte del ser humano. En los 3 días que pasé en aquel valle hubo tiempo de más aprendizaje por parte de otros miembros de la tribu que detallaré más adelante.

En muchos pueblos rurales de BC se tiene presente también la sostenibilidad. Prueba de ello es que en el mismo McBride tienen un perfil común de facebook para facilitar el intercambio de bienes que son inservibles para alguien y necesarios para otro. Había calculado el número de tablones necesarios para la construcción de la terraza de madera, pero se iba del presupuesto de Carla con lo que consultó si a alguien le sobraban tablones. Al cabo de pocas horas recibió la oferta de Robert, el último vecino de la Eddy Road. Tenía en su propiedad un par de cabañas en ruinas hechas con tablones de madera y nos ofreció extraerlas de allí a cambio de ayudarle con un pequeño pero difícil proyecto para él. Robert había sufrido hacía poco una parálisis de la mitad izquierda de su cuerpo que a sus cercanos 65 años le impedía abrir una zanja para el desagüe del excedente de agua de su jardín. Recuerdo perfectamente la cara de satisfacción de Robert al vernos cavar revueltos en barro consiguiendo drenar el agua al fin.



Robert y su mujer australiana nos brindaron largas conversaciones, casi de un día entero, en las que hablamos sobre lugares donde probablemente haya oro, sobre la historia del lugar, sobre viajes y sueños.. y sobre la torre que habían construido en su casa de madera para poder dormir sin mosquitos (decían no se elevan más de 8 metros del suelo) y observar el paisaje. La acabaron justo antes de la parálisis, con lo que resignado pero con humor nunca pudo subir allí, ya que el acceso era por una escalera de mano.
Su hablar era pausado y apasionado a la vez. En cuanto supo de mi admiración por la naturaleza y su fauna salió el tema de los osos y los lobos. Le comenté que de hecho de pequeño una de las películas que más me impactó fue “El oso” http://www.youtube.com/watch?v=QX2Cy2E3l-U . Entonces sus ojos se abrieron echándose a reir. Él era el sobrino del guía que en la historia real llevó a esos cazadores a encontrar la humildad en el respeto por la naturaleza, y no en su abuso. Fue mágico para mi, una de esas coincidencias que le hacen a uno pensar y sonreír antes de ir a dormir.
Aún hoy reside en mi la curiosidad que a mis 8 añetes suscitó esa película.. y que despertó las ganas de observar fauna salvaje allá donde voy. La pasión de Robert es adentrarse a oler lo salvaje de las montañas, con un vehículo adaptado a su reducida movilidad por las pistas forestales… para luego observar su localización en Google Earth. Y junto con su mujer comentaban lo que les gustaría venir a conocer España, famosa allí por su riqueza gastronómica y cultural. Y por el excelente clima, claro está.
Otro evento de especial interés fue acudir al Ice cream social party de Dunster, al sur de McBride, donde Carla nos invitó a pasar una tarde de…helados!! Sí, cientos de helados y postres caseros a un precio popular más que asequible y que sirvió de excusa para conocer a otros workawayers de la zona, mientras nos endulzamos todos un poquito.



No obstante a la segunda semana de estar allí tomé una decisión dejándome llevar por la intuición, debía abandonar aquel lugar una semana antes de lo previsto.  No sabía exactamente por qué, pero me faltaba algo que allí no encontraba. Y eso que tenía en Mike un buen amigo con quien pasar alguna tarde de excursión o paseo, en la familia de Carla un excelente entorno de aprendizaje y diversión, y en Carla un enigma por resolver. No obstante contacté de nuevo con Michelle, la vaquera de Little Fort, para pasar allí la semana que me faltaba antes de regresar a Vancouver al curso de Process Co-active Coaching. Con lo que mi tercera y última semana con Carla pasó rápida y melancólica.
Doug  me mostró su hobby favorito, volar con una especie de parapente a motor y Carla, nos llevó a Mike y a mi a conocer la casa de Gregor, un trampero que aún en estos tiempos vive sólo de las pieles y trofeos de caza. El valle donde vivía estaba repleto de osos pero no hubo suerte pese a que Carla se esforzó en ello. De un modo sutil se despidió de mi brindando ternura y atención. Acabé de construir la terraza, me despedí de Carla,  su familia y de Mike y me llevaron de nuevo al cruce donde hacía 3 semanas había estado haciendo autostop.







Carla y la médula del mundo (las rocosas) me invitaron a sentir la grandeza del lugar y de sus gentes. Gracias a ello ahora puedo decir que estuve trabajando allí, de lo que sin duda he disfrutado contándoselo a mis sobrinas, amigos y resto de la familia.

Michelle iba a acudir al rodeo de Valemount donde nos habíamos de encontrar para regresar juntos a Little Fort. Un británico canadiense me acercó hasta allí muy amablemente. Era la mañana del sábado 14 de julio, en el ambiente se olía a polvo y a fiesta. Y así fue! Disfruté del espectáculo observando las cualidades de l@s vaquer@s en el manejo de sus caballos, era impresionante. El origen de este tipo de fiesta estival, los rodeos, se debe a dos cosas. El comercio de reses y una excusa para conocer a una pareja que no sea de tu pueblo. Con lo que por la noche se organiza un baile tradicional donde se saca a bailar country a quien más te guste e intentar cortejarla en unos 3 minutos. Fue muy divertido ver a Michelle y a Marisa (la nueva workawayer suiza que vivía con ella) bailar con veteranos cowboys deseosos de tan guapas y jóvenes mujeres!! Por mi parte dediqué la noche a brindar a la luna por el amor que había dejado maltrecho. Y la luna me devolvió el brindis, mostrándome lo que confundí primeramente con las luces promocionales de una discoteca.. la aurora boreal!!! Un mágico espectáculo de ondas de luz bailando en expansión y contracción con la noche cerrada.  Fue realmente algo casi místico. Además de regreso al rancho de Michelle nos topamos con un oso negro cruzando la pista, aperitivo de la gran bienvenida que Koda, Hunk y Max (los perrillos) celebraron. Aquella noche dormí en paz, muuuuucha, tierna y satisfecha paz.

Acerté regresando a ver a Michelle y su rancho aquella semana. Realmente me hizo sentir como volver a casa pues era el primer lugar donde regresaba por segunda vez en Canadá, tras moverme de un lado a otro. Dediqué varios días a barnizar la cara frontal del establo, recoger los huevos de las gallinas, cuidar el huerto -que ya estaba en plena producción- y a ayudar a Marisa en el manejo de los caballos. Además Michelle nos llevó a hacer clases de equitación al pueblo de al lado, donde monté a Paris, un joven macho con el que hicimos muy buenas migas. También me sorprendí con Scarlett, una yegua a la que las chicas tachaban de rebelde y a la que infundí  la confianza y seguridad necesaria para finalmente poderle dar cuerda y manejarla sin problema alguno. A la vuelta de las lecciones de equitación me enseñaron algo muy bonito, ambas chicas se bañaron con los caballos sin silla en Dunn Lake!

Los colibrís estaban en auge los varios atardeceres que pasé en el porche en un estado de meditación relajante. Supongo que gracias a ello logré que uno se posara en mi dedo.. que animal más gracioso y bonito! Al día siguiente Michelle dio la voz de alarma y los tres nos pusimos manos a la obra. La manada de vacas del vecino, lideradas por un toro enorme se había acercado demasiado a la manada de Michelle y los machos estaban preparándose para pelear. El problema radicaba en que la valla que los separaba iba a ser inevitablemente destrozada. Marisa y Michelle a caballo y yo con el quad hicimos la maniobra de quite que funcionó a la perfección y ya entonces sólo empujé a la manada vecina a los prados de altura. Fue una tarde muy divertida.











Había sido un mes intenso en el corazón de la British Columbia.  Estaba ya preparado para el siguiente paso, uno más remoto y salvaje, en el Precipice Valley. De hecho es el lugar más aislado de los que he estado en Canadá…donde incluso pude observar el cambio de estación.  No lo hubiese percibido sin la profundidad y la honestidad que me brindó el fin de semana de formación en Vancouver, adentrando en las emociones que solemos evitar .

Carla y Michelle son bellas pruebas de lo que con valor y entrega tod@s somos capaces de ser.

Un besico y hasta pronto,

Pablo Lapuente Sagarra.

Lleida, 26 de noviembre de 2012.

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