
























“It’s time to weak up, it’s seven ten. It’s time to weak up, it’s seven twenty. It’s time to weak up, it’s seven thirty”… Nos dice cada mañana, con voz de señorita seria –más bien cabreada-, el despertador de voz incorporado en el móvil australiano que adquirí antes de llegar a esta remota isla, llamada Tassie cariñosamente por los australianos. También conocida mundialmente con el nombre de Tasmania.
Si las dos semanas y media que hemos pasado palpando la tierra de Tassie con nuestros pies, desde el Noreste y en el sentido de las agujas del reloj, hubiera de comprimirlas en un solo día, elegiría empezarlo con la escena que vivimos en el avión de Melbourne a Launceston (al noreste de Tassie):
Fui a buscar a Oscar al aeropuerto de Melbourne una calurosa tarde del 8 de enero de 2010. Como ya os contó Oscar, fui previsible y le esperé con la guitarra tras una columna. Minutos antes, una mujer a la que consideré natural de Rusia, se acercó a decirme que los acordes que estaba rasgando le encantaban y me preguntó a qué canción pertenecían. Supongo que la vergüenza que sentí por lo esbelta y hermosa que era mi compañera de aquella espera en “Arrivals” me hizo mentirle acerca de esos acordes. Le dije de un modo ingenuo que tan sólo estaba dejándome llevar, cuando eran los acordes que Roge me enseñó en nuestro viaje por Asturias. Me sonrío y me dijo que a ella le gustaban mucho. Se abrieron las puertas y cada uno encontró lo que había venido a buscar. Ella a su fornido amor y yo a mi querido amigo Oscar. La peuneta había de ser entregada al día siguiente por la mañana, así que tras un breve recorrido por el centro de la urbe, salimos en busca del mar para pasar la última noche en esa furgo que tantos kilómetros había soportado. Como no hallamos el mar, decidimos probar suerte en el parking de un campus universitario, ya a unos 30 kms de Melbourne. Cenamos, tomamos té y compartimos un montón de vivencias apasionantes antes de que un coche irrumpiera en tan intenso y atemporal momento. Era el vigilante del campus, de origen indio y con acento muy marcado, quien amablemente nos dijo que iba a hablar con “el jefe” (esta figura sobre la que descargar responsabilidades parece ser mundialmente compartida) para tratar de no tenernos que largar de allí. Supongo que interrumpió a su jefe en sus labores personales demasiado tarde… Su eficiente empleado nos indicó amistosamente dónde ir para tratar de pasar la noche de un modo discreto. Lo encontramos al cabo de 10 minutos. Sacudimos bien las cuatro gotas que quedaban de conversación y decidimos improvisar ruta al día siguiente.
De camino a devolver la furgo nos apeteció partir ya hacia Tasmania de modo que compramos billete para volar esa misma tarde (por unos 60 euros cada uno) hacia Launceston. El resto ya lo relató Oscar, excepto una cosa, el vuelo. Como iniciaba hace dos párrafos, nuestro día de dos semanas y media no sólo fue un despertar para nosotros dos. Ya sentados en la cola del avión, justo en el momento en que éste se aceleraba para emprender su vuelo sobre el estrecho de Bass, escuché a Oscar diciendo: -Excuse me, excuse me, this man has a problem!!-. El pasaje no copaba ni el 50% de la capacidad del avión. Estaba sentado al otro lado del pasillo un señor que rondaría los cincuenta, pálido y tan delgado que parecía se iba a desmontar, se llevaba su mano derecha al pecho. Pleno despegue y máxima fuerza contra el asiento, la azafata asomaba la cabeza indicando que ahora mismo acudiría a su auxilio. El señor se tomaba el pulso, sudoroso y con movimientos ahora más que lentos, delicados. Incrédulos mirábamos de reojo, Oscar me relataba la situación desde el asiento de atrás: - Éste se va aquí mismo. Le están poniendo oxígeno.. joder-. Como no veía a penas cuanto acontecía a no ser que me levantase del asiento, recé un padrenuestro y tres avemarías. Algo me decía que aún no había llegado su hora, la mente es caprichosa. Él superaba la crisis al mismo tiempo que yo pensaba en el inesperado y raudo paso entre estar y no estar. En la importancia de demostrar el amor a quien quieres, en hacer lo que sientes que debes hacer. En ser feliz. El resto, retales puramente circunstanciales.
Las azafatas agradecieron a Oscar la alerta y el propio señor nos dedicó unas palabras al aterrizar, ya recuperado el color, la mirada, el pulso, la vida. Preguntó cuánto tiempo íbamos a estar en Tassie, que nos iba a encantar y bromeó con que ese había sido su último viaje, casi. Nos deseó buen viaje. Espero se refiriera al que se lleva a cabo con los pies o con la furgo, o a lo sumo con una cerveza de más….
Tras ese significante despertar, empezaba nuestro “día en Tassie”. Zumo, galletas “Scoth finger” (me recuerdan un poco a las que solía agotar de crío en casa de mis abuelos en Zaragoza, cuando se tomaban con el café), naranja o plátano, consumado con té o café es nuestro habitual desayuno. No obstante de vez en cuando nos damos una alegría con unas tortitas con fruta insertada (me lo enseñó el holandés que conocí en el oeste) bien sea plátano o manzana, está riquísimo!
La noche ha sido más o menos fría según la cercanía a la Antártida, la mañana empieza fresca al alba y ya calurosa al sol. Viene a ser un clima parecido al del prepirineo en primavera. Sólo que aquí ahora es verano. Probablemente esta misma mañana hemos concretado qué ruta a pie de las disponibles se ajusta más a nuestro tiempo, expectativas y ganas de mojarnos. Tasmania, vista de lejos es ondulada. En cualquier punto de su geografía abundan senderos que se llegan a internar en pleno territorio virgen (generalmente hacia el oeste de la isla) o que simplemente suponen un paseillo a una cascada, un árbol de 80 metros, un mirador o cualquier otra maravilla natural de esta isla rebosante de tan dispares hábitats. Desde la sabana desértica, la montaña prealpina, la campiña, la estepa occidental, la selva anciana, la costa antártica o las bahías protegidas por multitud de cabos que las envuelven, uno sueña despierto. Parece que una suave y linda melodía suene por entre sus recodos, desde las montañas hasta el mar, provocando la calma. La tranquilidad.
Las caminatas por aquí son más duras de lo que parecen, bien sea por el sol de medio día, que trata de clavarte al suelo entre paso y paso, arañándote aquellas partes de tu cuerpo que no hayas cubierto de crema protectora. Bien por la lluvia fina de las tormentas que juegan contigo al pilla pilla, encontrándote súbitamente en cualquier plácido valle. Nada que turbe las ganas de ver canguros, wombats, cocaburras, wallabies, extrañas arañas con cuerpo de oruga, possums, …. O las ganas de respirar aire fresco, en unos montes análogos a nuestros queridos Pirineos. O simplemente por agotarnos caminando, explorando. Y más sabiendo que a la vuelta una Pure Blonde, o una Cascade o una VB (las birras descubiertas en Tassie) bien fresquita te espera en la “nevera de hielo” de la furgo. –Esto es vida compañero!!-.
Por las tardes generalmente carretera, aprovisionamiento, o alguna otra caminata. Puede que sea debido a mis gafas de sol de Volkswagen Accesorios Originales, y a su excelente óptica, la luz cálida en Tassie es excepcional, jugando con las brisas y las sombras. Hemos recorrido en furgo placenteras carreteras serpenteantes entre verdes montañas, reposadas playas en marea baja, largas pistas costeras y una de las pistas más famosas de Tassie, cruzando el Pieman con el ferry de The Fatman. Acompañados sobretodo por la poesía de Serrat y Sabina, la nostalgia de The Beatles, Enya, Radiohead, Pearl Jam y Bob Marley. Más allá de la compañía, siempre magia.
He pensado muchas veces en el mejor de los arquitectos que conozco, el mismísimo Josep Antoni Abelló Maria, y en el que sigue sus pasos, Ángel Rodríguez Revuelto. Curiosamente justo aquí, en la antesala de nuestro paso por Sydney. Comprenderéis por qué.
El Gran Arquitecto dedicó especial interés a Tasmania, moldeándola a modo de jardín Zen (¿se escribe así, Hugo?), entreteniéndose distraído sin propósito de darle un sentido, sin pretenderlo consumó su pasatiempo otorgándole armonía, serenidad y una luz al atardecer que hace florecer las mejores sensaciones que uno lleve encima. Los buenos arquitectos también destinan esfuerzo en plasmar sensaciones en sus obras, y lo hacen también con sus propias manos, sobre un papel, y por lo que sé se les da mejor hacerlo en horas intempestivas, rodeados de silencio y de su propia sensibilidad. Son magos.
Entre la hora antes del ocaso y las dos siguientes, nos empleábamos a la pesca, abundante en Tasmania. Cenar de las capturas obtenidas provoca muy buenas sensaciones, te involucra en el respeto y amor por el entorno, por la naturaleza y el resto de animales con los que la compartimos. Cada pez se enfrenta a sus profundos instintos justo antes de morder el cebo. En ese instante se encabrita tembloroso forzando el movimiento de la boya o de la punta de la caña si es que se está pescando a fondo y eléctricamente tu corazón comienza a tocar a ritmo de samba. Cabe tener en cuenta que aquí hemos tenido lances muy buenos, con presas que han podido con nuestras sencillas cañas, llevándose hasta 20 metros de línea sin parar, oyendo el frenético ruido del carrete durante segundos eternos, algunos de ellos eran tiburones. Nunca había pescado ninguno, son preciosos. Nobles en la lucha una vez levantan el vuelo desde la arena, ya que todos los que hemos logrado sacar del agua eran tiburones de fondo. De piel de lija y ojos grandes, resistentes a la extracción del anzuelo cuando ha sido posible y de dientes cortos pero afilados. Oscar se vale por sí mismo preparando los aparejos, cebando, lanzando y esperando pacientemente la picada. Domina a la caña y sabe sacarlos del agua y limpiarlos. Me encanta compartir con él la afición por la pesca, brindar al sacar una captura con cerveza y un puñadito de almendras saladas o cacahuetes. Pescando solemos cantar, por mi parte recuerdo fielmente a la que exaltaba mis artes de pesca e incluso citaba al Pescador de hombres, a mi a abuela. Yaya, me sigues dando suerte!
Ya de regreso en nuestra casita con ruedas preparamos la cena: desde pescado a la plancha con ajos, revuelto de pescado o nuestro gran descubrimiento, los wraps vegetales, qué ricos! Nuestro ritual diario acoge siempre un té negro con un poco de leche condensada. En ocasiones disfrutamos de una película desde el portátil de Oscar (la mejor hasta ahora ha sido “El cazador”, recomendada por Toni e imprescindible para los amantes de la naturaleza, la aventura, la caza y la sencillez). Las charlas compartidas con apariciones de Possums, arañas e incluso discusiones entre demonios también han acaecido. Lectura obligatoria antes de dormir (ya me he zampado cuatro libros), pero ya con los deberes hechos, pipí y pijama puesto. Reflexiones de última hora anotadas en cualquier sitio y …-Hasta mañana, que descanses, kio-.
A Fo le encantaría Sydney. Sergi Andrés es poseedor de un apabullante espíritu de superación. No recuerdo –o tal vez no me lo ha explicado- por qué un día decidió que iba a correr media/maratones. Hasta entonces montañero y deportista a pesar de todo, parecía que no le pegaba mucho esto de las medias maratones. No obstante se preparó por sí mismo y con los consejos de un atleta profesional como Xavier Areny (el que posee la mayor fuerza de voluntad) sigilosa y discretamente preparó cuerpo y mente para tal cometido. Le he visto atravesar una meta superando cualquier expectativa, haciendo su sueño realidad, exhausto y deshidratado, y a la vez lleno de alegría y vitalidad. Recuerdo sus lágrimas al verse ahí, donde precisamente quería estar, -cuánto mérito, cabrón-. Aunque ahora lo vea como algo habitual en ti, es realmente meritorio. Como lo deseaste, lo ansiaste, lo lograste (apuntemos la lección). Enhorabuena. Vicente Tercero y tú, compartís esa capacidad de logro y satisfacción, que supongo es la vida.
Moraleja: no tengas pena amigo que lo que desees, lo alcanzarás. Y lo que puedas echar en falta es tuyo, si quieres.
Te encantaría Sydney porque es una ciudad muy agradable tanto para el que la habita como para el que la visita. Teníamos reserva en un hostalillo céntrico ubicado en el aspa superior de Kings Cross, en Victoria St. Se llama Chilli Blue Backpackers. Su entrada suele estar copada a media tarde por varios huéspedes y hasta el propio conserje jugando a la Play Station, cómo no, al Proevolution Soccer, como cuando llegamos nosotros, el 27 de enero. El trayecto en shuttle, servicio barato de autobuses del aeropuerto a la puerta de tu hostal, fue de lo más interesante. Esos 45 minutos fueron suficientes para advertir que la temperatura había ascendido considerablemente en comparación con la fresca Tassie. En las calles reinaba la juventud, las ejecutivas cañón dignas de la mejor fantasía y una mezcla de turistas con rasgos propios de multitud de orígenes, predominando el del sudeste asiático. Se respiraba un aire húmedo con olor a mar, que envuelve gran parte de la ciudad. Las calles más céntricas estaban muy limpias y nada abarrotadas, la ciudad nos brindó una buena bienvenida.
Ducha rápida en el hostal y raudos nos echamos a la calle. Eran ya eso de las ocho y media de la… noche, con lo que decidimos cenar antes de ir rumbo a los jardines botánicos reales, justo en frente del archiconocido Sydney Opera House. Una chilena nos dio la bienvenida a la pizzería de nombre italiano que no logro recordar, nos cautivaron las dos. Aunque la primera nos brindó una ensalada y una pizza estupendas.
Se respiraba un aire parecido al de Barcelona en una noche de verano, aunque eso sí estaba todo muy tranquilo y cuidado. Llegamos a los jardines cuando escuchamos lo que parecía un concierto y, al acercarnos, descubrimos que se trataba de un cine al aire libre dentro del programa de actos del festival de verano de Sydney. Fue nuestro primer contacto con ella, y ya nos dejó boquiabiertos con sólo observarla de lejos, y de noche, dando pie a que nuestra imaginación volara con ella justo por encima del agua que nos rodeaba en esa mágica noche. Su bien proporcionada y firme figura destacaba entre las demás, y las sombras jugaban coquetas entre los pliegues de su vestido nacarado. Era la Sydney Opera House, vista desde su malecón del este.
Al día siguiente volvimos a verla pero ya bien de cerca. Como guiñaba antes, sólo los grandes, osados y puros son capaces de imaginar, diseñar e implantar obras como esta. Uno que conozco imaginó una Lleida abrazada al monte de Gardeny por la prolongación de la calle alcalde costa, pensando en la plaza de l’exércit como espacio de ocio. Una gran obra como esa es la que planteó el danés Jörn Utzon para Sydney, no sin dificultades, presupuestos sobrepasados y planteamientos imposibles. Lo consiguió tras mucho tiempo… Qué suerte conocerte Toni!
Como no entiendo de arquitectura me ceñiré a las sensaciones que me invadieron al estar allí tanto de visita guiada como presenciando la ópera Manon, ese mismo día, por la noche. El estómago parecía estremecerse ante esa combinación de espacios, colores y formas. Predominaba la amplitud diáfana en tonos cálidos definidos por curvas esféricas. Alguna tímida lagrimilla se escapó al presenciar la ópera interpretada en francés y subtitulada al inglés. Durante más de tres horas permanecimos inmóviles y boquiabiertos ante tal derroche de energía, pasión y sensibilidad. Salimos emocionados.
Fue durante el intermedio de media hora cuando creí comprender los binomios del ser humano y el arte, de las multitudes y la alegría de los festejos, el desarrollo y la destrucción, mientras contemplábamos atónitos desde las escaleras de la ópera a una preciosa cantante entonando una delicada canción casi a capela. El cielo estaba estrellado, como mi corazón. Creí comprender a los que aman Barcelona a pesar de vivir en ella. Son los que respetan y odian por igual las multitudes y una gran oferta de ocio, arte, belleza, ajetreo… . Os respeto, pero por preferir me quedo con mi Lleida natal.
Entre la visita guiada y Manon, dedicamos la tarde a pasear desde Circular Quay, el puerto comercial de Sydney, hasta el acuario, una bahía más al oeste. Pagamos los 36 dólares para entrar en él y mereció la pena. Un sinfín de criaturas de los océanos índico, pacífico y antártico copaban las enormes y accesibles peceras desde ángulos insospechados. Lo que más nos impresionó fue la sensación de estar sólo separados por un pedazo de vidrio de tan magníficas criaturas.
Al día siguiente decidimos tomarnos el día libre para ir a la playa de Manly, pese a los consejos de Kike y Hugo de visitar la de Bondi. El no saber surfear y el hecho de toar un ferry nos decantaron por Manly. En dicho ferry nos topamos con Mikel, natural de Vitoria que tras las perspectivas de la crisis en España había decidido ir a Sydney para mejorar su inglés y hacer algo de turismo. Era su tercer día en el continente y se alegró de escuchar a unos paisanos. Pasamos el día juntos compartiendo vivencias, arena, comida y algún que otro chapuzón. La playa tenía un aire a la de la concha, a excepción de la templada y cristalina agua y de la cantidad de gente que encontramos allí, y sólo a media hora del centro de la gran ciudad! Nada que ver con Castelldefells o Gavá, pese a que le duela horrores a mi querida amiga Cristina. Ni tampoco con la de Sitges, Maite! Jejeje Compañeros de curro, qué buenos recuerdos vuestros me he traído en la mochila.
A la mañana siguiente partíamos de nuevo, temprano, hacia Alice Springs, al corazón de Australia, donde el abrumante y todopoderoso astro rey deslumbra mientras su reino tiene lugar, las moscas hacen de la paciencia una virtud y donde el Monte sagrado es profanado día tras día por los turistas ingenuos o ambiciosos. Es donde surgen de la tierra el monte Uluru y las Olgas, impresionantes formaciones rocosas redondeadas y rojas como la nostalgia del esplendor espiritual que albergan para la cultura aborigen y para el viajero sensible.
Era 30 de enero ya. Nuestros queridos Xavi y Edu habían celebrado ya los 29 tacos… y mi hermano Manuel sus…jijiji ..el año en que vendrá el nuevo Lapuente!! Un abrazo especial a los tres.
Con el tiempo justo íbamos cargados como mulas hacia el tren que nos llevara al aeropuerto. Esta imagen es muy cómica y se ha repetido cada vez que hemos tomado un avión. El largo y el corto, cual Don Quijote y Sancho Panza, con mochilones repletos a la espalda, las de ataque tirando de nuestros respectivos hombros derechos, cañas de pescar y un tuper que nos hace la vez de almacén de restos, colgados del brazo libre. Por último nuestra alegre compañera, la que no cesa de abrirnos puertas, conversaciones interesantes o situaciones incontroladas. La Guitarra que nos brindó Imre, el holandés tuno, el consultor oportuno, el que juega con los retos. Gracias Imre, está como tú, muy por encima de las expectativas. En fin, que la estampa de Oscar y mía en los aeropuertos genera más de una sonrisa y comentarios jocosos.
El caso es que alguien reparó en que íbamos demasiado faltos de tiempo y de sueño e hizo pasar por allí uno de los shuttles baratísimos que llevan al aeropuerto a gente como nosotros, gracias de nuevo.
Nos sobran muchas cosas, Y otras muy necesarias, sin embargo, nunca logramos poder traer con nosotros, qué ironía.
Un abrazo muy fuerte compañeros de viaje, aferradas madres ahora más modernas y tecnológicas que nunca, orgullosos padres siempre con buenos consejos, emocionad@s herman@s, queridas cuñadas y sobrinillas, mujeres (chicas, que suena mejor) que nos traéis los más dulces suspiros y demás lectores interesados en este viaje que también es vuestro, como pretendemos hacerlo.
Ánimo con vuestros deseos, que soñéis bien esta noche.
Oscar García Companys y Pablo Lapuente Sagarra, se despiden ya desde los dominios del cocodrilo poroso, el Territorio del Norte.