¡¡Buenas a todo@s!! Se hace difícil escribiros con el mismo ritmo y parsimonia de pasadas ocasiones ahora que la emoción y las expectativas propias de la vuelta son inminentes. No obstante el norte de Borneo -la región de Sabah- y las Perhentian Islands en el noreste peninsular de Malasia nos han brindado intensas vivencias que contar. Vivencias que al ser recordadas le dejan a uno el alma blanda.
Hoy lo vamos a hacer distinto, venga, empezaremos por las Perhentian Islands, donde hemos pasado esta última semana justo hasta hace dos días. Luego regresaremos de nuevo a la isla de Borneo, donde nos adentramos por última vez en la selva, en el “jungle camp” de Uncle Tan en el río Kinabatangan, hace ya unas dos semanas.
Perhentian Islands, playas de cristalinas aguas coralinas, mucho calor y calma.
Escogimos la pequeña de las Perhentian Islands por recomendación expresa de Alex Popoff, el entrañable amigo ingeniero francés del que nos despedimos al abandonar Borneo. Como último gran destino del viaje buscábamos algo tranquilo y como nos hartamos de selva en Borneo necesitábamos volver a orillas del mar. Una isla parecía lo más indicado. Veníamos de Sandakan, al NE de Borneo, por lo que nos pasamos el día entero volando. Primero hasta Kota Kinabalu, luego Kuala Lumpur y de ahí al NE de la península de Malasia, a Kota Baru. Nada más llegar buscamos un hostalillo y nos fuimos a dar una vuelta. No pasamos de la primera esquina, donde cenamos en un restaurante chino.
No os imaginéis uno como los que abundan en España, este lo componían unas chapas metálicas y unas sencillas mesas. El precio nos fue mostrado en una calculadora. Necesitábamos dormir, así que descansamos antes de partir a las islas. A la mañana tomamos una furgoneta que tras una hora y media nos dejó en Kuala Besut desde donde un bote repleto de turistas nacionales y del resto del sureste asiático nos llevó a la pequeña de las Perhentian Islands. No hay carreteras allí, tan sólo senderos que cruzan la isla de este a oeste (entre 1 y dos kms) y de norte a sur (unos 4 kms). Ya en la playa de Long Bay (al oeste) advertimos el qué de las islas, sus cristalinas aguas. Era ya medio día y queríamos llegar lo antes posible ya que el calor pegaba fuerte, con lo que recorrimos el sendero hasta la playa del oeste en Coral Bay, donde queríamos estar por su afamada tranquilidad y su coral. Fueron 15 minutos horrorosos, cargados como mulas, sudando la gota gorda y ya con hambre.
Tras haber encontrado unas casitas sobre el mar en las que no había disponibilidad hasta el día siguiente, nos resignamos a pasar una noche en otras cabañas más cutres. La primera ducha y una escolopendra de unos 15 cms cabalgaba sobre mi pie derecho.. –me c…. en la leche!!!-, exclamé. Fue la última emoción desagradable en el resto de días donde la pesca, el buceo, alguna excursioncilla y la calma se hicieron amos y señores de nuestro día a día.
Conocimos a un montón de españoles allí, con los que mantuvimos interesantes y distendidas charlas compartiendo mesa. Jesús y Pilar, Marc y Esther, estaban allí de paso, como nosotros. Muy majetes, la verdad. Ambas parejas eran aficionadas al submarinismo y al parecer es un afamado destino para su práctica. Nosotros con aletas, tubo y gafas tuvimos nuestra recompensa: Tarpones de 2x2 metros, pequeños tiburones de aleta negra, túnidos, peces payaso, peces loro, peces globo…y coral, mucho coral. Es fascinante sumergirte y verte rodeado de tanta diversidad de colores y formas, de tanta vida. Genial. Por eso tardamos poco en conseguir calamar y ponernos a pescar cada tarde, cuando el sol daba tregua a su –ganada, de antemano- guerra de calor. Desde allí, mirando al oeste mientras el sol corría audaz a esconderse bajo el mar, se nos mostraba el camino de regreso. Hablábamos sobre la suerte que tenemos, sobre las sensaciones que hemos tenido en estos casi 6 meses de viaje, la vuelta al curro y sobre el hecho de viajar.
Hacerlo con ojos, mente y alma abierta nos ha llevado a nuestro interior, haciendo el regreso más fácil. Haciendo todo más comprensible. Nos gusta viajar, vaya. Pero también volver a vivir el día a día, regresar a esa lucha entre la fuerza de voluntad y el dejarse llevar, lo que hace que todo fluya. Es un reto tentador por el equilibrio entre la dificultad y la satisfacción de alcanzarlo. Apartarme de vez en cuando del barullo y dedicarme tiempo a mi mismo, hace que me sienta bien. Tal vez sea el punto opuesto a mi habitual extroversión, pero desde luego que forma parte de mi y estoy en deuda con él. Gratitud, ella también nos ha visitado durante el viaje, tenemos buenos ángeles de la guarda y también buenos seres queridos. Cómo apreciamos nuestro camino!!
Además parece que la vida vuela, pasa y se termina en un plis plas, y en ocasiones hemos tenido la sensación de que nos quedan muchas cosas por hacer en un tiempo limitado. Al final, -bueno la compañía es grata, ¿no? … pues eso es todo, joder-, calma de nuevo. Supongo que también está el afán de autosatisfacción, como ya apunté otras veces, el hecho de construir y seguir tu propio camino, hacerse a uno mismo, mirar atrás y no sentir recelo. ¿Cuántas cuestiones, verdad? Es lo que tiene mirar fijamente al mar, escuchando su incesante murmullo.
De repente una picada, un enganchón y otro más. Alguna buena captura que Oscar cenó a la brasa… y uno, que picó súbitamente y no paró de tirar y tirar y tirar, mientras el carrete cantaba y un servidor trataba de endurecer el freno con tal de cansar al enorme pez que ni se inmutaba. Incrédulo, miraba de reojo a la bobina del sedal viendo como ya estaba a mitad y diciéndome –no puede ser, esto no me puede pasar-. Así, sin reflexión posible, vi como el hilo se acababa haciendo un inútil esfuerzo por contener el pez que seguía largándose de aquel lugar justo antes de que petara la línea, hiciera cortes a mis dedos y me quedara con una cara de “pasmao” seguida de un grito tremendo. Él se llevaba un anzuelo del 2 (grande como un dedo índice doblado) a modo de “piercing” y 100 metros de sedal tras de sí. Nunca me había pasado algo así. Era la última vez que pescábamos en este viaje.
Un día alquilamos un pequeño bote de unos 3 metros con un motor de 2 caballos. Vaya risas nos echamos camino del faro-flotante al que fuimos a bucear, parecíamos los Don Quijote y Sancho Panza marinos. Eso sí, exuberante paisaje subacuático el que encontramos allí. Una alfombra de vida a escasos 3 metros de profundidad, anémonas por doquier con sus respectivos “nemo” y bancos de peces rayados que revoloteaban a tu alrededor, confundiendo alguna de nuestras pecas con un buen bocado! En fin, impresionante.
La última noche Esther nos invitó a un par de copas de ron (las segundas de todo el viaje), a modo de despedida. Hablamos sobre la vuelta a casa –en su caso, a Madrid-, la vida y los viajes. Perfecta combinación. Aun así ya costaba pillar el sueño, visualizando cada una de las emociones que nos íbamos a encontrar a la vuelta. Otro día, por cierto, Jesús y Pilar nos hablaron sobre Guinea Bissau y uno de sus hipopótamos… Junto con Marc y sus interesantes viajes, parece que todos estuvieran precisamente allí para acompañarnos, vuelta a casa, tras una buena noche de farra. El caso es que cuando nos quisimos dar cuenta estábamos mirando al mar desde el bote que nos conducía de nuevo a Kuala Besut, aquella misma tarde llegaríamos a Kota Baru. Allí, dos cosas destacables, una copa de helado imposible y un espectáculo de marionetas malasias. De la primera, con una base de hielo picado, era una mezcla de jarabes, maiz, judías negras, gelatinas, fideos, bolitas de azúcar de distintos colores, todo coronado con una esfera perfecta de helado de chocolate. Qué orgulloso se quedó el que las preparó cuando nos las trajo e interpretó erróneamente nuestras caras de asombro. De la segunda, poco más que respeto por una tradición tan antigua ya que no entendimos ni uno de los alaridos que dieron en el escenario.
Kuala Lumpur nos sorprendió con los 75 kilómetros que la separan de su aeropuerto y con el caos que provoca que las calles sean de sentido único. Eso sí, las torres Petronas son impresionantes. Fueron construidas según geometría islámica, la estrella de ocho puntas se prolonga tridimesionalmente desde sus bases hasta justo antes de la torreta (a modo de minarete). Por lo demás Kuala Lumpur está repleta de comercio, culturas y credos, dudosos centros callejeros donde señoritas de mirada gatuna ofrecen –“massage”, “massage”- y mucha falsificación de marcas. Tal vez por ello ayer fuimos a ver las Batu caves, 13 km al norte, y su colorido templo hinduista presidido por la escultura de un tipo bien entrado en carnes parecido a un Budha.
Y ahora, tanta emoción que incomoda pensar que la serenidad adquirida en los últimos meses se va a ir al traste como un castillo de naipes. No obstante estoy seguro que recordaremos y citaremos tantas veces pasajes de este viaje.. Por ejemplo cuando llegamos a Kota Kinabalu tras visitar el Mulu Nacional Park .
Kota Kinabalu y Uncle Tan, en el río Kinabatangan. Como niños.
Veníamos de pasar 3 días de ruta para ascender a los pináculos. Cansados y sudorosos, llegamos a una ciudad que nos acogió cómodamente en sus mercados tradicionales y en sus restaurantes. Ya la primera noche nos dimos un festín en un japonés como en el que nunca había estado antes. Álex explicaba un poco en qué consistían los platos ya que la carta era interminable. Tras un paseito para bajar la copiosa cena decidimos que la noche siguiente la emplearíamos en cenar en su mercado nocturno. Básicamente se componía de carpas contiguas bajo las cuales podías encontrar mil tipos de pescado y frutas. Una vez escogida la materia prima te la hacían a la brasa y servían en un plato -con los cubiertos bajo petición-. A tu alrededor predominaban los musulmanes, que suelen comer directamente con la mano derecha. Toda una experiencia.
Ahora me viene una advertencia a mi amiga Cristina Izquierdo. No te fíes ni un pelo si eres alérgico a algo en Malasia. Pese a insistir con el –Maaf, tidak pedas (sin picante, por favor) – de vez en cuando te la colaban tras una sonrisa de asentimiento. Y de ese tipo de cosas uno se resiente… O si se les acaba el bacon, como le pasó a Marc en las islas, a lo mejor deciden que el pollo (o cualquier otro ingrediente) es el mejor sustituto. Y si te quejas puede que te digan, como a él, -pero ¿lo has probado?- jejeje. En fin que muy majetes pero un tanto despistados a la hora de servirte la comida.
El siguiente destino estaba al NE de Borneo, cerca de Sandakan, un campamento en medio de la jungla, el Uncle Tan, a orillas del río Kinabatangan. Llegamos justo a tiempo de pagar y meternos en un 4x4 sin apenas saber ni adónde íbamos exactamente ni qué nos íbamos a encontrar. De todos modos, como el chófer era un chaval joven me dije –esta es la mía para obtener información-. Ataqué de un modo convencional al que Oscar y Álex estaban más que acostumbrados, primero le pregunté sonrientemente si le gustaba el fútbol, a lo que respondió: -No-. Intento fallido. Entonces probé con lo que nunca falla, preguntarle si el pedazo de Nissan que llevaba era diesel o “petrol” señalando al salpicadero. Me dijo casi sin mirarme que no lo sabía, sonrió tímidamente antes de que éstos se partieran de risa desde el asiento de atrás. Resignado eché una cabezada.
Llegamos a orillas de un río “café con leche” donde nos esperaban 4 botes largos y un numeroso grupo de mochileros y parejas aventureras. Rápidamente entablé conversación con Álvaro, de Almansa, que estaba de viaje con su mujer nipona. Ya en el bote, mientras charlaba con el almansinojaponés, una muchachita irrumpió con un castellano con acento argentino mientras hablábamos de los elefantes pigmeos de Borneo. Esther -pese a todo holandesa- y Jenny -holandesa medio brasileña- entraban en escena. Al final acabamos compartiendo casita en la selva, ronquidos y encontronazos con arañas lobo. Tras superar muchos recodos llegamos a Uncle Tan. Nos esperaba un grupo de unos 10 jóvenes malasios sonrientes que nos dieron la bienvenida ofreciéndonos un té. Antes de acabarlo ya estábamos comprometidos a jugar al “jungle footballsala” con ellos, qué devoción!!
El campamento lo formaban dos cabañas grandes de madera elevadas a metro y medio del suelo, unidas por una pasarela que llevaba hasta las 6 cabañitas, sin puerta y con tres colchones dobles -con mosquitera- cada una, donde nos repartieron. El partido duró hasta que llegó la noche, 20 minutos de sudor máximo jugando descalzos en un irregular campo de arena apisonada. Como niños, nos fuimos todos a bañar al río donde aquella misma noche nos presentaron a los cocodrilos –no porosos, eso sí-.
En resumen Uncle Tan se organiza de la siguiente manera. Un grupo de amigos bien organizados preparan salidas en bote a primera hora de la mañana, justo antes de anochecer y por la noche. Como el río es la espina dorsal de una estrecha franja de selva rodeada de explotaciones de palmera de aceite, toda la fauna salvaje se acumula allí. También organizan excursiones a pie antes del medio día y por la noche. Lo normal es verlo todo en dos noches, pero nosotros íbamos a estar tres. Lástima de no haber pasado allí toda una semana, como Matías, biólogo argentino, y su armónica. Cada noche se toca la guitarra hasta que uno se rinde. Perfectamente organizados y diligentes, eso sí, hacen de la visita a este rincón una grata experiencia. Advertencia: con lavabos MUY sencillos y sin duchas.
Como podréis suponer, ya desde la primera noche encajamos muy bien en el lugar. Guitarreos, planes de pesca y una práctica presentación entre nosotros bastó para irnos a la cama plenamente felices, inmersos e ilusionados con aquel lugar. Las chicas hicieron algo de ruido por la noche, murmurando repetidas veces sobre los bichos que rondaban por allí. A mi izquierda Oscar y Álex compartían colchón, y mosquitos, ya que el francés gustaba de enredarse cual mosca en una telaraña con la mosquitera. Jajajaja Yo compartí colchón con una inglesa poco habladora, pero que olía muy bien. Algún que otro ronquido, los citados murmullos y un sinfín de ruidos de insectos y roedores ocuparon los fragmentos de noche en los que no pude dormir.
El día siguiente fue duro. Tras un “checo-checo” (típica ducha a cubazo de agua), al bote y de excursión por el río. La bruma estaba presente y hacía un tanto misteriosa nuestra incursión animal. Nutrias, martín pescadores reales, cálaos rinoceronte, macacos de cola larga y orangutanes hicieron su aparición mientras aún nos quitábamos las legañas. Vaya pasada de sitio, aunque eso sí, tras esa pequeña franja (me refiero a menos de 5 kms desde el río en sus partes anchas) de selva, sólo palmeras. Vuelta al campamento y un copioso desayuno de tortitas y mermelada!!! Yujuuuu!! Se come muy bien allí, ya que a parte de variado y abundante, uno puede escoger entre comida malaya y comida malaya con influencia occidental. Estaba yo fumando un pitillo de esos de cuando se está realmente lleno y … -Pablo, let’s play football!!!-. En seguida se aprendieron nuestros nombres. Incrédulo salté al terreno de juego… y diversión, la verdad. Además Esther –una de las holandesas- sorprendió a todos saltando también a jugar con un más que buen nivel.
Álex y yo nos fuimos con Lan y Matías a pescar en barca mientras Oscar se fue con el resto de excursión de medio día. Lan era como el jefe del campamento, creo recordar que tenía 31 años y un corte de pelo peculiar, “estilo Cherokee”. En todo momento se mostró receptivo y amable con nosotros, por encima de las expectativas. Él nos enseñó los dos métodos de pesca local, en red pequeña lanzada a las orillas y la “lazy fishing”, consistente en lanzar unas 30 botellas de plástico tamaño agua pequeña, cada una con una línea de unos 20 cms y un trozo de fruto de la palmera de aceite como cebo. Dejarlas derivar 2 horas río abajo e irlas a buscar entonces. Las que estaban erectas albergaban un pez gato de entre 3 y 5 kilos, el resto, nanay. Sacamos unos 5 que sirvieron -a la brasa- de cena al resto de viajeros. Buenísimo, parecido al rape.
Al atardecer fuimos de nuevo en bote, en una mágica puesta de sol. Las miradas se cruzaban repentinamente con algún pasajero del bote de al lado pues la verdad a parte de eso, no vimos demasiada cosa. Un japonés muy gracioso superteleobjetivo en mano, y el resto de los botes cayeron en la trampa que les paramos al señalar escandalosamente a los árboles de la orilla gritando: -Look at there!!-. Muchas risas, la verdad, antesala de otra memorable noche de guitarreo, alguna que otra cervecita y vino de arroz –cortesía de la casa-. De hecho hasta una civeta se apuntó a la fiesta a media noche. Qué bien encontrar gente maja por ahí, hace que te sientas niño y que pierdas el hilo del tiempo, otra vez.
Más fútbol, más desayunos y más pesca precedieron a la despedida de los mochileros que habíamos conocido, nos quedábamos una noche más y despedíamos –entre prisas- a Jenny, Esther, Álvaro y Matías. -Buen viaje, compis-. El siguiente bote nos trajo a Justin. Un inglés entre empanado e interesante, responsable de parte del comercio entre algunos países del sudeste asiático y UK, ya nos lo habíamos venido encontrando desde que salimos de Kuching. La última noche allí fue curiosa, estábamos tristes, pensativos y cansados de la intensidad de los días anteriores. La desdepedida fue breve, intensa y con prisas ya que lo que no podía faltar era nuestro último partido de junglefootball tras el que nos hicimos una foto con los que tan bien nos habían hecho sentir. En el bote que nos condujo de nuevo a la civilización no mediamos palabra, nuestras miradas andaban perdidas entre las riberas, el reflejo del sol en el agua turbia y las copas de los árboles. Algo se había quedado cojo en nuestro interior, como cuando era adolescente y mis padres acudían a Santoña o Quintanar de la Sierra para recogerme de un mes de campamentos. Solían ser viajes de vuelta muy tristes, incluso con alguna que otra lágrima ofrecida a los campos de Castilla y León tras la ventana del coche, suspirando por un amor de verano, un amigo entrañable y la sensación de que todo es pasajero. Mis amigotes luego se partían cada vez que citaba alguna anécdota que solía empezar así: -Pues en los campamentos…-. A pesar de sus risas el entusiasmo al contarlas nunca ha cesado, para eso están los buenos recuerdos.
Y lo peor de todo, eso fue la antesala de otra despedida veloz y más sentida. Álex proseguía us periplo por otras rutas ya sin nuestra compañía. En tres semanas compartimos muchas conversaciones que abrían el camino de la amistad y la simpatía en nuestras recíprocas percepciones. -Nos volveremos a ver, seguro-, nos prometíamos. Diría que es mejor evitar despedidas que se preveen dolorosas, o como poco hacerlas lo más leves posible. Luego, cuando ya no tienes a ese ser querido en frente es cuando aprecias claramente su valía, su aprecio y las ganas de reencuentro. Álex nos brinda muchos recuerdos y anécdotas desde ese último día en que nos deseamos “un UN BUEN VIAJE”, en el hostal de Kota Kinabalu.
Notas y apuntes:
Nada más aterrizar en Barcelona, a parte de la sequedad del ambiente (de considerable contraste con respecto al tropical) una tras otra se han ido sucediendo emociones y experiencias que aún hoy, meses después de nuestro regreso, no he tenido tiempo de digerir.
Se abrieron las puertas y el corazón rebentó: cualquier tipo de contención se hizo imposible, la imponente y sonriente figura de mi padre –con una llamativa camisa roja, el emocionado rostro de mi hermano mayor, Manuel, quien me abrazó más sentidamente de lo que soy capaz de recordar. Los padres de Oscar, aún veo perfectamente la cara de satisfacción de Jose y los besos enlagrimados de Anna, agradeciendo que ya estábamos aquí, y bien. Xavi y Toni, en representación del resto de la familia, quienes nos transmitieron serenidad ( y tantas otras cosas que cual descarga eléctrica fueron difíciles de asimilar y por lo tanto, ahora, de describir) y poso. Justo entonces, un leve suspiro justo antes de seguir con la mirada la dirección señalada por Toni. Allí estaban entre con cara de prisa (se habían escapado del curro hacía dos horas) y de cariño algunos de los amigos que hacen de mi día a día algo mejor. Isaac, Juan, Álex, Jorge y Calol, a los que me abracé incrédulo y sorprendido ante su presencia. Muchas gracias, de veras.
Mi madre, guapísima aunque afónica, me brindó un abrazo difícil de olvidar. Seguido, claro está, de una batería de preguntas de respuesta corta (como algunos de los exámenes de la uni) que abarcaban desde sensaciones a la comida. Me palpó la tripilla y el culete para cerciorarse de los kilos que había sudado tan lejos de casa. Cosas de madres. Jaime me regaló la visita de Carla y María, que de nuevo provocaron lágrimas, igual que Inés, la otra princesita Lapuente a la que vi ese mismo fin de semana. Se me hace difícil abarcarlo todo. Creo que es pretender escribir el libro de mi vida sin renunciar a vivirla sin tiempo, comprendes?
El Aplec del Cargol sirvió de reencuentro oficial con la tropa, en una noche de confesiones íntimas con cada uno de ellos, de lágrimas y recargadas carcajadas, de fiesta y de amistar. Tras la primera bofetada que me propició la olvidada por aquel entonces “rueda de la cotidianeidad” –tipo la de los hamsters en sus jaulitas- fue el momento de adaptarse a una realidad esperada. De advertir realmente en qué había cambiado durante el viaje y en qué no. En lo que me aporta vivir así y asá, en aprender a vivir emocionado. Considero que ya han pasado suficiente tiempo, sensaciones, experiencias y momentos como para determinar que me siento afortunado, agradecido y plenamente satisfecho. Decir feliz resultaría ambicioso, no? En que casi todo puede ir a mejor, contra el tiempo no se puede luchar, pero si aprovechar. Comprendo ahora la prudencia a infundir en los hijos de cualquier mamá o papá, en cualquier rincón del mundo. El abrazo o la voz de un amigo cuando no se tiene un pañuelo o pan que compartir. La necesidad de velar por el de al lado y de aprender de él, de ser paciente y saber disfrutar de cada elemento de nuestras vidas.
Demasiadas conversaciones para escribirlas en tan burdo papel y con tan pocas credenciales.
Seguro no es el último viaje que nos marcamos con Oscar, seguro habremos aprendido a ver cada día como una nueva oportunidad de vivir, de soñar y de emocionarse.
Seguro que alguna vez se te habrá pasado por la cabeza –o lo hará- algo parecido. Aprovéchalo.
Nuestra mejor sonrisa,
Oscar García Companys ( oscar.garcia.companys@gmail.com)
Pablo Lapuente Sagarra ( vivoenla130@hotmail.com )