divendres, 16 d’abril del 2010

Diario de Ruta: New Zealand South Island


Buenas a tod@s, ¿cómo va eso??

Tal y como mi buena amiga, consejera, guía de montaña y de deportes de aventura, Vanesa Petanas me sugirió, pensando en los lectores que puedan emplear ratos muertos en el curro para leer nuestro blog, voy a dividir estas páginas del diario de ruta en algunas partes. Así no habríais de apresuraros ante la atenta mirada del jefe/jefa y yo cortar las alas a la multitud de párrafos complementarios que surgen mientras os escribo estas líneas. Gracias Vane, ahí va.

Empecemos por lo más importante y que ha causado envidia:

La boda de mi amigo Juan y Carolina, el pasado 13 de marzo. Qué alegría da ver símbolos repletos de sentido y motivos por los que tener las cosas claras con el amor de fondo. Y más si se llevan a cabo con naturalidad y fe. Juan Blanch, me has ayudado e inspirado a escribir sobre muchas de las cosas que he visto en el transcurso de este viaje... ahora ya tienes una canción. ¡Enhorabuena a los dos, petardillos!

No es gran cosa, la verdad, pero he puesto mucho entusiasmo al escribirla. Disculpad los errores...








FO y la maratón de Barcelona. Ya había hablado de él, el que junto a otros amigos ha conseguido darnos mucha envidia. Tras casi dos años de preparación, 3 horas y 24 minutos de carrera sirvieron para consumar su hazaña. La de compartir su éxito con unos amigos que no cesaron de animarle, de empujarle a la meta y de sentir felicidad gracias a un amigo. Eso es AMISTAR, sí señor! Todo consumado con la guinda del altruista Toni, quien plasmó todo esto en un vídeo que nos hizo llorar. Gracias, tíos.

BalFOa : Marató de Barcelona 2010. Sergi Andres y sus 3horas y 24 minutos.






Celebraciones familiares. Calçotadas, caragoladas, cumpleaños de Inés y Carla, conversaciones sobre los viajeros…aunque no os lo creáis os hemos escuchado y sentido. Ambos sabemos que lo mejor de nuestra vida está allí, con vosotros. Mamá y Anna, queremos un bocadillo de jamón ibérico con pá amb tomáquet i oli en pan crujiente en el mismo aeropuerto de Barcelona, el 20 de mayo.




1. El camino del hielo y de la piedra verde.

Para cruzar de la isla norte a la del sur en furgo, o viceversa, es necesario tomar uno de los dos ferrys disponibles. Cada vez que hemos entrado en uno con la furgo me he sentido engullido por Moby Dick, llegando a ver sus costillas en el las paredes de sus generosas bodegas. Emprendíamos rumbo sur por la isla de la que tanto -y bien- nos habían hablado, parecía como si debiéramos hallar en ella todas las maravillas de Nueva Zelanda.

La alargada isla sur se caracteriza por estar reinada desde su vertiente occidental por los Alpes meridionales. Una cordillera que dista escasos 30 km. del mar de Tasmania, y que alberga cumbres de hasta los 3 mil setecientos y pico metros del Monte Cook. Estas circunstancias provocan fenómenos extraordinarios para esta latitud (Nueva Zelanda dista del ecuador casi lo mismo que España), como glaciares a menos de 300 m. sobre el nivel del mar, súbitos cambios de tiempo que llegan a descargar ratios de lluvia propios de climas tropicales y que ello haga que tan sólo el 10% de los habitantes se concentren aquí. Tan sólo las ondulantes colinas y las llanuras de la costa este de la isla sur permiten cultivos medio extensivos. El resto, su mayoría, lo forman los recientes y viejos valles glaciares, cordilleras impenetrables, rincones descubiertos hace menos de un siglo.. Los maoríes la llaman “La tierra de la piedra verde”, el pounamu, o jade, que llevan sacando de las cuencas glaciares desde hace unos 1.000 años, cuando ellos llegaron a la entonces verdaderamente tierra de las aves. Más al sur tan sólo queda la pequeña, virgen y apacible Isla Stewart, azotada por aguas y vientos antárticos.

Durante el trayecto de tres horas que cubre los escasos 30 km que separan Wellington de Picton planeamos con nuestros amigos y compañeros de viaje cántabros los días que íbamos a pasar juntos. Pepe y Chisco supongo también serán de la opinión de que todos nos sentimos de un modo cercano a estar con nuestras respectivas pandillas, durante los siete días que compartimos. Teníamos tan buena pinta los cuatro, sonriendo a carcajadas, que un quinto, un alemán mochilero llamado Marcus, solicitó venirse al inicio del Abel Tasman Nacional Park, a Marahau, y le llevamos. Ya en la furgo, Oscar al volante, yo en medio como los enanos y Marcus, que por cierto era un tipo alto, delgado y frío, seguíamos a los santanderinos en su furgo. La carretera por los fiordos de Malborough hasta Nelson, fue larga y con curvas. No quedó más remedio que hablar sobre lo de siempre…, de ahí que se ganara el calificativo de frío. Tenía manos de pianista.

Aquel atardecer lo pasamos frente a la Apple Rock, pescando ante la roca con forma de manzana partida por la mitad, tomando alguna cerveza y compartiendo anécdotas. La mañana siguiente, tras un curso de iniciación con prácticas y todo, nos echamos a la mar con 2 kayaks dobles, mucha emoción y ganas de completar los 58 km del Abel Tasman Track, en dos días de kayak y uno a pie.

A medio día nos paramos en una playita desierta a cocinar unos fideos chinos, donde nos encontramos con un grupo de 8 argentinos poco más jóvenes que nosotros. Cuántas cosas en común he visto en gente de tan diversos países, ahora bien, los latinos somos especialmente homogéneos. O al menos lo somos los que coincidimos en destinos como aquel.

Tras otras 2 horas de kayak llegamos a la bahía donde acamparíamos la primera noche, estrellada. También fuimos de pesca los cuatro, y qué casualidad que nos encontramos a Marcus y dos amigas suyas! De ese modo aquella tarde las coñas y casi todos los comentarios fueron en inglés. Oscar sacó un snapper (de forma similar a la de una dorada) que le sirvió de cena.

Otra noche estrellada, otros 4 tés negros (english breakfast) con leche y nos vino el sueño. El kayak está muy bien, radica en la sincronía y en la constancia, y te permite sentir el océano de bien cerca. Descubrimos mejillones justo ante una colonia de focas, tomamos unos 4 kilos ante la atenta mirada de un ejemplar joven al oro lado del metro que separaba su hocico de nuestras manos y luego nos los hicimos en la Mosquito Bay al vapor. Allí pescamos un blue cod, lo que aquí emplean comunmente en los “fish & Chips”. Lo cenamos con arroz. Al día siguiente nos esperaba una buena caminata atravesando rías en bajamar, bosques húmedos y playas de ensueño. Luego regresaríamos en Water Taxi a nuestro punto de partida. Habían sido tres días de maravillosa intensidad.

Nuestro siguiente destino eran los lagos de Nelson, -si la isla sur tuviera forma de persona, los ubicaría en la nariz, una hermosa nariz-, pero el tiempo no nos permitió recorrer sus cumbres. Y sí forzó la estrepitosa caída de mi ya excámara de fotos. Fuimos a la bohemia Nelson a por una nueva y nos despedimos de nuestros amigos cántabros, que proseguían rumbo sur por la costa oeste más raudos que nosotros – a Chisco se le acababan las vacaciones en 10 días-. Tras su marcha quedó un poema en mente que hablaba de la nostalgia, de las despedidas, de los amigos y de la gris y ventosa tarde que nos esperó a Oscar y a mi en el cabo de Fouldwind (al oeste). Un océano enfurecido enviaba sus olas contra las paredes de roca sobre las que paseamos –bien abrigados- mirando calladamente al sol que huía al fondo. Dedicamos muchos suspiros, y el último a las wekas que se nos presentaron a última hora. La weka es un ave sin alas útiles a medio camino entre la gallina y el kiwi. Aquella puesta de sol me recordó muchísimo a una que disfruté precisamente en un viaje a Cantabria con mis buenas amigas Helen y Carol, también con acantilados a modo de público de un mar enrabietado.












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2. Rumbo Antártico.

Descubrimos en la guía que de bajada a los glaciares Franz Josef y FOX había una cueva a la que se accedía en unas 5 horas. Nos atamos bien las botas antes de ascender por el río Fox y sus deslizantes caminos. La cueva era de unos 300 metros de profundidad y en forma de “L”. En las cuevas, genial entrar y genial salir.

Al fin llegamos a los glaciares más famosos de Nueva Zelanda, ya que sus lenguas heladas están a escasos 300 metros sobre el nivel del mar. Los pudimos observar bien de cerca desde sus bases hasta su cuerpo, son gigantescas y milenarias fortalezas de hielo. A parte de frío, sientes empequeñecer. Tratamos de alquilar crampones con tal de emprender ruta sobre hielo, pero fue en vano. Al fin, nos conformamos con alguna caminata de ascensión por sus flancos, desde sus bases.

Estos monumentos naturales impresionan, su frío aliento no es como el de una nevera industrial, no. La sensación es más bien como si de la propia montaña soplara valle abajo como si quisiera acariciar nuestras collejas tiernamente. Si lo imagináis podréis llegar a sentir un escalofrío similar al nuestro.

Intentamos atravesar los alpes meridionales por el Copland pass, pero de nuevo el tiempo no nos lo permitió, ni tampoco nos dejó volar… –luego lo explico-. Por si fuera poco aquella noche dormimos fatal: Todo empezó mientras tomábamos el té de buenas noches. Cinco mosquitos hicieron acto de presencia, algo inusual. Más tarde, nos despertaron más zumbidos ya a media noche, y así el resto. A la mañana al correr la cortina sobre nuestras cabezas… unos 50 mosquitos esperaban su turno desde la luna trasera de la furgo. Al mirar la luna delantera, unos 200 más -sin exagerar- esperaban allí. Tras la masacre decidimos investigar qué había provocado la mala noche. Resulta que había un agujero a los pies del copiloto por donde se habían “colado” en tropel, evidentemente lo tapamos. Con acento mejicano: ¡¡¡Malditos mosquitos!!!

Continuamos bajando por la costa hasta el lago Te Anau, antesala del corazón de la provincia de Fiordland y de dos populares senderos (el Kepler y el Milford). En esta zona los valles glaciares mueren en el mar, formando profundos y largos fiordos. Recorrimos el Kepler track en tres días, el de en medio, cuando ascendimos por la cresta unos 1200 metros de desnivel, nos hizo un día de perros. El viento hacía que la lluvia se clavara en nuestra piel, que dejaras de sentir parte del pómulo o de un gemelo. En cada shelter o refugio de paso, nos encontramos unos 20 cuerpos humeantes por la diferencia de temperatura, resguardados de la furia exterior. Por la tarde el sol secó nuestra ropa, calentó el estómago y la sopita de por la noche nos sentó requetebién. Jajajaja. Los otros dos días fueron de ensueño: el primero ascendimos suave pero prolongadamente al refugio en el que pasar la noche. De un bosque de hayas plateadas pasamos a ascender por bosques de helechos siguiendo río arriba. Al final encontramos el circo del origen del valle, velando por la cascada que originaba el río. La luz era excepcional. Ángel Rodríguez y Antoni Abelló, como buenos arquitectos, lo relatarían mucho mejor que yo:

Imaginad una tarde de primavera, en esas en las que por fin se nota el calorcillo. Estás sentado en una silla de madera junto a una ventana. El sol intenta estar junto a ti, pero no lo consigue, tan sólo le entra su brazo recto que ilumina las motas de polvo suspendidas en un aire que huele a fresco, porque justo hace un rato ha llovido un poco. Esa luz tras la ventana, esa tranquilidad, ese olor, esas motas, hacen que te sientas… bien. ¿Y si ahora os digo que nos encontrábamos sentados en el porche del refugio, con los pies descalzos, mirada perdida justo encima de las poderosas crestas de las montañas que nos acogían en su regazo?? La luz era la misma…

El tercer día, con los pies hechos caldo y el espíritu engrandecido nos comimos –ya en la furgo- un entrecot. Eso sí, ¡a vuestra salud! Definitivamente la montaña es muy agradecida.

Seguíamos allí y queríamos más. Por eso fuimos hasta el famoso fiordo de Milford. El trayecto desde Te Anau es –como diría mi querido amigo Joel- espectacular. Joel Aguilá, buen negociador y hombre natural –más que de campo- lo hubiera disfrutado más que ninguno porque es hombre –insisto- que se deja sorprender con ilusión. Eso le hace a él y al que le acompaña, verdaderamente feliz y afortunado. Seguimos con los valles glaciares, partiendo desde un lago de unos 80 km de largo, en medio de una explanada, hasta que llegamos a ver sus musculosos brazos montañosos. Poco a poco se va estrechando conforme pasan los kilómetros. Una sucesión de lagos cristalinos, cascadas y esculturas naturales en la roca le quitan el aliento a cualquiera. Cuando quieres despertar de esa experiencia de ensueño y te frotas los ojos ya estás cerca del lado este del túnel de Homer (abierto a mitad del siglo pasado a pico y pala). Atraviesa un muro de roca maciza de unos 1000 metros de alto y 2000 de grosor. Cientos de cascadas caen de unas cumbres ocultas tras la neblina, tal vez son fruto del llanto de la montaña, o de incluso más arriba... Neveros se dejan entrever en donde hay superficie no vertical, has de recordarte el tragar saliva y cerrar la boca.

Pasar por allí me llevó de nuevo a mi infancia, a un viaje a Andorra, estando mi abuelo Félix en el coche. Apoyado con los deditos en la puerta y la nariz en la ventana, formando bao tras cada suspiro, asombrado por esas cumbres que surgen muy arriba, tras las nubes. El frío y la nieve al otro lado de la ventana, dentro el calor y la protección familiar. Pasar la aduana con esos hombres de uniforme organizando la cola de coches formada desde la Seu. Y luego esa empinada cuesta de los almacenes Pyrenees!!! Recuerdo esa tensión estomacal ahora que la sentía de nuevo tan lejos de Andorra, en la otra punta del mundo, unos veintipico años después.

Al otro lado del túnel de Homer descansa el Milford Sound, siempre pensativo e imprevisible, con el cielo nublado, revuelto, con alma salvaje y cuerpo de imponente mujer. Hermosa e indómita. Uno nunca sabe cómo va a reaccionar a tu presencia. En nuestro caso le caímos bien y al segundo día pudimos ir en kayak sobre sus oscuras aguas, fascinados y sorprendidos al fin. Nos dejó el sabor propio de un beso en los labios, con esa cara de bobo que se te pone tras recibir uno verdaderamente sentido.

Lo que os decía de su carácter, al poco de irnos su furia provocó un deslizamiento de rocas sobre la carretera de acceso, cortando el paso a los que allí pretendían llegar o de allí necesitaban…huir, durante una semana entera. ¡Jibooooooo!


















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3. De lo más al sur, lo más remoto, al corazón de las sensaciones intensas.

Nos apetecía seguir caminando y como los lugares remotos suelen ser más atractivos, cruzamos –sólo con nuestras mochilas- a Oban, capital de la isla Stewart, con tal de recorrer el Rakiura track. Además es un lugar propicio para ver kiwis en libertad ya que abundan en esta pequeña isla, prácticamente libre de depredadores importados. No obstante tan sólo logramos escucharlos de nuevo en la oscuridad. Fueron cuatro días de algo parecido a la calma de un sábado por la tarde, ya que gracias a los chubascos esporádicos, el barro en los caminos y las apacibles tardes frente al océano antártico, nos sentimos realmente apartados de… ruido. El cardiólogo doctor Eduardo Lezcano disfrutaría mucho de este lugar. Es una buena elección si uno quiere perderse. Como en la Bruny Island de Tasmania. Tienes un sinfín de kilómetros por recorrer y una sensación de aislamiento brutal. Compartimos además deliciosas charlas con dos parejas cincuentonas neocelandesas y otra de ingleses cerca de los 70. Sí señor!

En el mundo del caballo, del cual mi hermano Jaime es buen profesional y apasionado, existe un fenómeno llamado querencia a la cuadra consistente en que cuando en una travesía se encara la vuelta a la cuadra, el caballo se inquieta al saber que está de retorno al hogar por mucha distancia que aún quede por recorrer. Algo parecido sentí mirando tras la ventana del ferry cuando regresábamos a la isla sur, observando el elegante vuelo de los albatros sobre el mar encrespado. Volvíamos la espalda al lugar más lejano donde nuestro viaje nos había llevado. Al fondo de ese corredor invisible y eterno, la luz de los seres queridos provocó en mi la misma inquietud de los caballos cuando saben que están regresando a casa, aunque quedaran aún muchos kilómetros y semanas entre nosotros.

La idea ahora era hacer lo que la inclemencia del tiempo no nos había permitido anteriormente (me refiero a lo de volar) en Queenstown, donde nos encontramos de nuevo con un buen amigo, Pepe. Chisco ya nos escribía desde Santoña, añorando los tiempos compartidos. Pasamos la tarde en Arrowtown, junto con una neozelandesa y una alemana (esto parece el comienzo de un chiste, pero no lo es) atraídas por Pepe. Es un maestro!! Jejeje De nuevo las coñas y las historietas se contaron en inglés.

Desde crío, creo que lo comenté en la despedida de Australia, he tenido un sueño bastante curioso. Radica en una excursión por un bosque, acompañado de los amigotes, que acaba deslizándome ladera abajo a escasos metros del suelo, entre praderas de hierba verde. Lo de los amigos hace años que se ha hecho realidad, pero lo de volar aún no lo había intentado… de modo que al día siguiente lo logré. Volé sobre las montañas verdes de Queenstown, deslizándome ladera abajo en un ala delta! Ueeeee!! Menuda sensación, la segunda parte del sueño.. despierto! Lo hice en manos de Augusto, un chileno veterano del aire con el que compartí cerca de 10 minutos de placer consumado. ¿Os habéis preguntado alguna vez qué animal os gustaría ser, a parte del que ya sóis?? Mi respuesta siempre ha sido un águila, un azor o un ave de presa, vaya. Desde el aire sorprendimos a ciervos pastando plácidamente, se veían claramente los caminos y los valles, todo parecía más nítido. Esta pregunta, y su respuesta, es merecedora de ser analizada pues contribuye a comprenderse a uno mismo.

Otro sueño, menos placentero y sólo propio de la infancia era el de caerse por el hueco de la escalera o desde un alto trampolín al borde de una piscina. No por ello Oscar y yo hicimos lo que hicimos al día siguiente. En este caso, se trató de algo extremo, algo intenso…y el por qué, el qué buscábamos en ello… aún no lo tengo claro. Tal vez el hecho de dar ese paso temido, de demostrarse que uno puede superar lo que sea, necedad ante el riesgo o la simple búsqueda de adrenalina. El caso es que al día siguiente saltamos en tandem desde 12.000 pies en caída libre de unos 45 segundos antes de que se abriera el paracaídas.

Hacía un día espléndido, los nervios estaban a flor de piel y llegó la hora de acudir a la cita. Tras un vídeo y una charla nos llevaron al aeródromo. Artur ( ruso) y Kiura (irlandesa) fueron nuestros compañeros de vuelo. Mi monitor, Sasa, era un exyugoslavo bastante seco pero cordial que me hizo sentir muy seguro y tranquilo durante la experiencia. Los 20 minutos de ascensión en avioneta (sólo caben 9 personas apelotonadas en el suelo, sin asientos) sirvieron para muchas cosas. Revisar el equipo, ser aferrado al arnés del monitor, mirarnos a los ojos con Oscar y darnos la manos y…a alucinar.

Estaba ubicado justo ante la única puerta de salida de la avioneta, que era de un material plástico transparente. Tras de mi, Sasa y la cola de la avioneta. Frente a mi las caras de Oscar, Kiura y Artur con los respectivos monitores a sus espaldas. Ascendíamos de tal manera que cuando tragabas saliva aliviabas los oídos. El sol reinaba sobre un cielo azul heterogéneo y puro desde las cumbres hasta donde adoptaba el color propio de los océanos. Fueron apareciendo por la puerta las nieves, los glaciares, los Montes Aspiring y el gran Aoraki o Monte Cook. Primero pensé en mi, en la ascensión, en la belleza… luego férreamente de la mano de Oscar conectados con nuestras miradas, en la amistad, la comprensión, el sentirse acompañado en el camino…en AMISTAR. Y por último, cuando ya llegábamos al gran momento, totalmente preparados, teniendo la sensación de haber sido noqueado, unido por necesidad a Sasa, mirando su mano grande y cuidada sobre mi hombro izquierdo me invadió una cadena de pensamientos: recé, revisé a la familia, los amigos, y comprendí que estaba allí, más cercano al cielo que nunca…

-Yaya, sé que por ahí andas, un besico y cuida de mi-. Y entonces el ruido del motor indicaba su ralentí, y la puerta frente a mi se abrió. Ya no oía nada.

El corazón estaba más hinchado que nunca. Siguiendo las instrucciones que nos habían dado en tierra saqué los pies por la panza de la avioneta y estiré la cabeza hacia atrás. Noté un impulso suave desde atrás (era Sasa saltando) y… Ese fue el mejor momento de todo el vuelo. Muy parecido a cuando siendo adolescente (bueno, esto es bastante relativo tal y como dice Serrat en su canción “los debutantes”) enamorado recibí una mirada, una caricia o un beso de la amada en cuestión.

Primero tenía el cielo, -qué cielo!-, frente a mi y luego nos dimos la vuelta en el aire hasta escuchar de nuevo, el aire que ahora daba la sensación de ser más denso, casi líquido, haciendo de la caída un paseo desde las alturas. Plenamente consciente de lo que veía, esforzándome en recordar cada segundo, sonriendo en silencio con algún que otro –guauuuuuu, qué paaasaaaadaaa- entre medio. Luego se abrió el parapente y bajamos dando bruscas piruetas hacia la pista de aterrizaje, mientras hablábamos con Sasa de lo chulo del VW Beetle, de su fábrica en México, de su redondeada luna delantera y del curro de hacer de monitor de vuelo. Qué cosas, ¿verdad? Antes de llegar al suelo me indicó que levantara las piernas (como cuando mi hermano Manuel me entrenaba a pértiga en el CAL UdL, -qué tiempos-) lo máximo posible y que, al tocar suelo, corriera como un descosido. De nuevo en tierra firme, le di las gracias y le pedí permiso para ir a abrazarme con Oscar que aterrizó pocos minutos después que yo.

Le vi ahí de pie, quietecico y con las piernas un poco flexionadas. Me acerqué sonriente y nos dimos un sentido abrazo, de unos 3 minutos prácticamente, ante la mirada de algún monitor de pista. Había bajado bruscamente trazando una espiral en el aire y necesitaba lo comúnmente llamado “toma a tierra”. Aquel abrazo nos aportó mucho a los dos. Compartir este tipo de vivencia con un Amigo con el que llevas 4 meses viajando… es un chute muy positivo. Ya en la furgo, rumbo norte hacia Wanaka, Oscar se durmió ya con el estómago asentado (no había comido antes del salto, tras él se tomó un “reanimator” sándwich de nocilla..), y pensé en cómo iba a escribir sobre ese preciso momento mientras disfrutaba viéndole así de bien.

Por si fuera poco aquella noche la pasamos en un remoto rincón de los Alpes neocelandeses, tras hora y media por pista de montaña, en la falda del Monte Aspiring. Nos faltaba tiempo para canalizar las buenas sensaciones de los últimos días, no queríamos que pasaran sin más sino dedicarles un tranquilo y accesible lugar en nuestra memoria.

Eran valles profundos y rasgados por recientes avalanchas y crecidas. Caminando por el Rob Roy Track ascendimos hasta donde el río adoptaba carácter apocalíptico y los glaciares colgaban de los riscos sobre nuestras cabezas. Madrugamos con lo que nos topamos con otros excursionistas ya de vuelta a la furgo. Ojalá sepamos mantener esta sonrisa siempre que recordemos nuestro viaje.

Mount Aoraki, o Monte Cook, fue nuestro siguiente destino. Ubicado en el ombligo de la isla sur se esconde, si es atacado desde el sureste, tras el glaciar más grande de Nueva Zelanda, el Tasman glacier, de 20 km de largo y 9 de ancho en su base. Muchos kilómetros atrás ya se hace notar su presencia, imponente y fría, como si de un inaccesible sabio ermitaño se tratara. Le dedicamos 6 horetas hasta remontar parcialmente el glaciar Tasman. Esquivo, Mt Aoraki no desveló su rostro durante el día cubierto de neblina. Nos quedamos con su esbelta pose nocturna, ante el brillo de una luna perfectamente redonda. La magnitud de ese valle es espléndida y sobrecogedora.












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4. Maravillas del Océano Pacífico y de “los Pirineos”, el Mount Avalanche.

Durante la última semana habían predominado los cielos nublados, el frío nocturno y las lloviznas esporádicas. Lo habíamos llevado bien, las caminatas durante el día y los tés calientes junto con el hecho de dormir más pegados el uno del otro paliaron sus efectos por la noche. No obstante aquella mañana cuando íbamos hacia Akaroa, en la península de Banks, nos dimos cuenta de lo que ansiábamos sentir el brillo y el calor del sol sobre nuestra piel y debajo de ella.

Sonaron fuerte “Los Delincuentes”, “Chambao”, “Serrat”, “Vetusta Morla” y “Hits de los 70-80’”, en nuestro radioCD. Cantábamos entusiasmados, con el codo fuera de la ventanilla sintiendo la brisa marina en la cara, ya con camiseta de manga corta y gafas de sol. De nuevo pensamos mucho en vosotros, recordando muy buenos momentos. Riendo nostálgicos sobre grandes momentos de nuestra vida.

Estos dos párrafos me han hecho pensar en varias cosas importantes. Una es la necesidad de cambiar de aires de vez en cuando, con tal de poder mirar atrás y relativizar. Como en la Economía, ni los expertos son capaces de predecir una crisis, tan sólo saben acusar –determinar las causas de la misma- a unos y otros cuando ésta ya ha hecho mella. Mirar atrás puede sernos útil para entender por qué nos encontramos dónde estamos ahora mismo y para dar nuestro siguiente paso. Un buen consejo de mi padre al respecto: nunca vivir por encima de tus posibilidades.

Otro tema es la utilidad de nuestro cuerpo para satisfacer su interior. Es bueno dedicar un poco de atención de vez en cuando a la satisfacción de nuestros sentidos, viendo una buena puesta de sol, tomando una copa de buen vino, escuchando una buena canción, palpando esa preciosa escultura, suspirando por el olor a recién duchada ...

Es curioso lo que pueden provocar sol, mar y montaña juntos. Por eso la península de Banks nos gustó tanto. Nadar con los delfines de Hector (una especie amenazada y endémica de Nueva Zelanda) fue una experiencia genial, aunque debía oler mal el neopreno ya que al entrar en el agua desaparecían… Dio igual. Aquella noche descubrimos un remoto rincón en la “Litle pigeon bay” que nos brindó una estupenda tarde de pesca. Oscar sacó un tiburón azul de medio metro que nos sirvió de cena a los dos. Lo hicimos como el cazón, a la plancha y con un poquito de ajo (limón no teníamos). Rico, rico.

En una revista de Altair habíamos leído sobre lo bonito del Arthur’s Pass, uno de los pasos empleados antiguamente por los Maorís para cruzar los alpes en busca de jade, renombrado por los colonos al redescubrirlo y adaptarlo para el transporte intercostal de oro. Allí se encuentra su parque nacional, partido en dos por la carretera. Subimos los mil doscientos metros de desnivel hasta alcanzar los 1.800 metros del Mount Avalanche. En su rocosa cresta final empezamos a sentir el extraño recuerdo de cumbres y paisajes muy distantes de allí, los de los Pirineos!!. Tenemos en ellos un auténtico tesoro.






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5. “Adiós amor mío, no me llores, volveré…”

De nuevo hacia el este por el Lewis’ Pass, la renombrada Kaikoura era nuestro siguiente destino con el objetivo de observar ballenas desde un helicóptero. El mal tiempo no nos lo permitió pero en su lugar tuvimos la oportunidad de caminar en medio de una colonia de focas. Qué espléndidos mamíferos tan adaptados al medio acuático. Yacen perezosos en tierra, pero en el mar son como torpedos e incluso se permiten el lujo de surfear las olas. A los dos días ya estábamos preparados para nuestra siguiente travesía en kayak por los fiordos de Malborough, desde Picton, en el extremo norte de la isla sur. Allí se pueden encontrar ocasionalmente grupos de orcas, y era mi ilusión toparnos con ellas a nivel del agua. No fue así, en su lugar lo que hallamos fue un fuerte viento de cara que nos obligó a empeñar todas nuestras fuerzas para cruzar de bahía a bahía, destrozando nuestros riñones. Aún nos falta técnica, supongo. La alegría nos esperaba a unos 50 metros de la costa en la protegida bahía de Misteloe, antes de pasar allí la noche acampados.

Habíamos decidido aprovechar la calma del atardecer para pescar desde el kayak. Las líneas colgaban desde las puntas de las cañas hasta aproximadamente 8 metros de profundidad, justo a un metro del fondo del fiordo. Pronto las primeras picadas nos prepararon para lo mejor, Oscar sacó una especie de túnido mientras yo me impacientaba por estar a su altura. Y de pronto…. Se hundió la punta de la caña haciendo cantar al freno del carrete durante unos 40 segundos ininterrumpidamente, la presa era grande, fuerte y con ganas de mambo! Jejeje. Tratando de mantener la tensión constante de la línea Oscar recogió su aparejo para maniobrar más fácilmente con el kayak, entonces nos dimos cuenta de que el pez que continuaba tratando de huir nos estaba moviendo! Me decía a mi mismo: -vaaa, este tienes que sacarlo, este tienes que sacarlo…, éste es el bueno!!!-.

Los dos íbamos mirando al agua para tratar de adivinar su figura cuando, a los 10-15 minutos de haber picado, vimos su brillante dorso bajo nosotros. Era un Snaper, algo parecido a una dorada moteada. Tal cual lo saqué del agua lo deposité con cuidado entre mis piernas, dentro del kayak, los dos reíamos generosamente gritando algún -¡Yiiiiiijaaaa!-. Aquella noche fue el centro de atención de varios campistas sorprendidos por los -aproximadamente- 4 kilos de pez. Oscar lo cocinó a la plancha y con ajo, como veis esta fórmula nos encanta. La otra mitad y el túnido los congelamos para comerlos más adelante. Tenía unas ganas tremendas de contar la hazaña a mi padre y aprovechar para vacilar un poco al resto de los pescadores de mi entorno…jejeje. ¡Nunca es tarde si la dicha es buena, chicos!.

Cruzamos a la isla norte rumbo Auckland pasando por la cosmopolita y joven Wellington. Fueron unos días que pasaron rápido tratando de evitar de nuevo una dolorosa y emotiva despedida de otro país que nos había cautivado. Sus gentes, sus costas y montañas, sus rinconcitos y sus caminos nos habían deleitado sumamente. La traca final fue en el golfo este de Auckland, donde al fin vimos a las ballenas que vinieron a despedirnos antes de desaparecer en sus ricas en krill y profundas aguas. Además fue allí donde por primera vez en mi vida entré en una peluquería.

Mi querida Helen nos aconsejó aprovechar al máximo los días que nos quedaban antes de regresar. Malaysia prometía tan sólo incertidumbre e incomodidad, pues nuestra querida furgo se quedaba donde la habíamos conocido. En su lugar nos aguardaba el calor y la humedad propios del trópico, de nuevo. Ni tan siquiera teníamos reserva para aquella madrugada del 11 de abril en Kuching, al oeste de la isla de Borneo. Improvisar y disfrutar eran nuestros siguientes pasos.

Ya queda poco para el gran momento. No obstante Malaysia promete entretenernos felices hasta ese día.

Un caluroso y húmedo abrazo a todos. Hasta la próxima.

Oscar García Companys y Pablo Lapuente Sagarra.











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